Separando la paja del trigo

Separando la paja del trigo
Separando la paja del trigo

Un antiguo debate que busca cristalizarse con el aval institucional y el sustento social. Feminismo e igualdad, aborto y libertad, ética y moral unidos en una sola discusión con muchas posturas. Ni la derecha ni la izquierda sientan posiciones unívocas y previsibles, en un contexto político con mucho sondeo de opinión y poca discusión de ideas. Un debate histórico que requiere, ante todo, practicar el respeto a la diversidad.

“La mujer podrá no desear participar en la lucha política, pero desde el momento que piensa y discute en voz alta las ventajas o errores del feminismo es ya feminista, pues feminismo es el ejercicio del pensamiento de la mujer, en cualquier campo de la actividad”

Alfonsina Storni

Quien está en contra de la despenalización del aborto no es necesariamente una retrógrada/o, y quien está a favor tampoco una asesina/o. Se trata de rescatar los distintos puntos de vista que estos debates, en donde se ponen en juego experiencias y expectativas, generan en una comunidad. Hay en el posicionamiento en contra del aborto una valorización de la vida humana, y también lo hay en aquella que lo defiende. Este es el debate de la valoración social sobre este fenómeno, no de su legalización, sino de la legitimidad que adquiere en la puja de intereses y que, en la mayoría de los casos, es el combustible necesario para que una transformación de tal envergadura cobre carácter legal. Y en ese debate es necesario salir del infructuoso ‘modo de vivir correcto’ que se propone, y asumir que las percepciones sobre este tema estarán marcadas por la trayectoria individual, que es siempre colectiva, que es siempre cultural, y fruto de una construcción de pautas y significantes que construyen una identidad.

Si desde la perspectiva del progresismo se le atribuye a este orden simbólico-cultural un poder tal de influir en todos los resquicios de la mente humana, condicionando emociones según parámetros estéticos, imponiendo mandatos según perspectivas religiosas que construyen un imaginario de lo natural y sobrenatural, y si en la finitud de nuestras vidas nos dividimos entre aprehender esos parámetros que nos hacen parte de un todo común y deconstruir ese recorrido para desnaturalizar lo social e identificar nuestra individualidad, no podemos creer ingenuamente que dicho poder se esfuma sólo porque esos pensares y sentires arraigados se ponen en tensión. Al contrario, es el momento en que se activan los mecanismos de autodefensa que intentan conservar el orden. Pero enfrentando a ese orden hay quienes entienden que el aborto voluntario forma parte del libre derecho de la mujer o la pareja a decidir sobre su reproducción y representa un avance en la ampliación de derechos, mientras que hay quienes consideran que la planificación de la reproducción priorizando la díada cuerpo-individual sobre la del ciclo individuo-vida se insertan en al avance del capitalismo, a los condicionantes materiales que éste impone y a una percepción utilitaria de la vida. Esta es una interesante divergencia que, al igual que el resto de los planteos antitéticos sobre el tema, deben ser atendidos y no obturados para que la transformación concite aprobación, lo que no significa que todos crean en lo mismo, pero sí que crean que lo que se ha decidido es lo mejor.

La hipocresía (que para el caso podría ser entendida como la valoración desigual y arbitraria de fenómenos semejantes) es un elemento característico de sociedades que se alejan de una voluntad colectiva cuando adquiere supremacía el valor de lo individual. ¿Quién puede medir en términos de relevancia la vida de un ser humano por sobre la de una animal o una planta o cualquier elemento de la naturaleza?, ¿quién puede juzgar la maldad o bondad con que se suceden fenómenos que producen los mismos efectos pero difieren los destinatarios?: quienes creen en la supremacía de la individualidad, quien cree en la unicidad de los valores. Entonces, ¿la tarea es salir de la hipocresía y exigir el uso de la misma vara, o explicitar la divergencia y tener distintas posturas según lo implicada, amenazada o alagada que se encuentre nuestra individualidad? Aquí vuelve el planteo anterior, el debate sobre la legitimidad y la legalidad, en donde la primera imparte una valoración sobre el fenómeno y la segunda lo instrumenta avalándolo o prohibiéndolo. Aunque la ley sea el fin, no hay que desestimar el debate de acuerdos y desacuerdos, probablemente porque de cómo se desarrolle ese debate dependerá la vigencia de lo que se ha plasmado en legalidad. Quien considera que el aborto cercena la vida, tiene presente el valor vida, y quien lo aprueba también. Lo que está en debate es tanto si el aborto debe ser ‘avalado o prohibido’ por la sociedad o ‘deseado o rechazado’ por los individuos, y cuál de los dos binomios prevalece. Y aquí reaparece la hipocresía de la doble vara o doble moral, en el momento en que la misma persona que está en contra del aborto está a favor de la pena de muerte, o la misma persona que sugiere que el Estado no gaste dinero en alguien que debía haber sabido de las consecuencias de sus actos, jamás pensaría que un adicto al tabaco o un accidentado que no usó cinturón de seguridad tendría que tener negado el servicio de salud, por la misma negligencia de anticipación. Así como cuando alguien cree en la autonomía y libertad de la mujer para decidir y elegir sobre su vida y su cuerpo pero cree que quien se posiciona en contra de tal práctica cercena libertades y lo hace influenciada por el sistema o dogmas religiosos, y no por una decisión autónoma sobre su vida y su cuerpo.

Es urgente resolver lo que es un problema grave de salud pública, una práctica que por su ilegalidad en algunos casos y por una legitimidad no reconocida en otros (la legislación no penaliza el aborto en casos de violación o discapacidad, sin embargo la mayoría de los médicos se niegan a practicarlos) se realiza en instancias de suma vulnerabilidad para la mujer. Pero no basta decir ‘al que no le gusta que no lo haga’, porque justamente a esas personas no les gusta ‘que los otros lo hagan’ y menos aún que tenga el aval del Estado. El triunfo no es la ley, el triunfo es la conciencia, y no hay conciencia feminista si no se inserta en una perspectiva general del momento histórico que transita nuestra sociedad, si no admite otras perspectivas del género que recorren otros caminos que merecen ser conocidos y contemplados. El feminismo discute injusticia, discute desigualdad, donde ni la práctica del aborto ni ninguna otra que comprenda a la mujer están exentas de padecerlas. Es importante que todas las mujeres pensemos porqué la sumisión está naturalizada en nuestras vivencias, porqué -tanto hombres como mujeres- avalan a diario esta disparidad de derechos y ven como un acierto masculino lo que en una mujer ven como un error. No nos salteemos el porqué, porque muchas no saben los porqués, ni los de los demás ni los de ellas, y la mayoría de ellos tampoco. No es el debate de un género, es el debate de qué sociedad queremos construir, aportando nuestra mirada como víctimas de las injusticias que recaen de lleno sobre nuestra cotidianeidad. Y debe ser así porque de no serlo no arrojaría los frutos que quienes creemos en la justicia social queremos recoger.

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