Para miles de vecinos del Oeste del Conurbano, el colectivo es mucho más que un medio de transporte: es la conexión cotidiana con el trabajo, la escuela, los hospitales, las estaciones ferroviarias y los centros comerciales. Por eso, detrás de una cifra que parece lejana —una caída del 19,1% en los viajes de colectivos del AMBA— hay un cambio que se siente todos los días en los bolsillos y también en la forma de moverse.
Durante julio de 2026 se registraron 118,1 millones de pasajes en el Área Metropolitana de Buenos Aires, contra los 146,1 millones contabilizados en julio del año pasado. Son 28 millones de viajes menos en un año, de acuerdo con datos de la Asociación Argentina de Empresarios del Transporte Automotor (AAETA) difundidos por distintos medios nacionales.
La particularidad que más preocupa a quienes viven en el Gran Buenos Aires es que la caída no fue pareja. Las líneas que circulan por la provincia de Buenos Aires fueron las más afectadas, con una reducción del 22,6% en el promedio de pasajeros de los días hábiles. En las líneas de jurisdicción nacional el descenso fue del 12,6%, mientras que en las de la Ciudad de Buenos Aires llegó al 7,2%.
¿Por qué dejaron de viajar tantos pasajeros?
La explicación más directa aparece cuando se mira el precio del boleto.
En julio de 2025, un viaje de hasta tres kilómetros en las líneas bonaerenses costaba $489,61 con la SUBE registrada. Un año después, ese mismo boleto había llegado a $1.063,98. Es decir, aumentó 117,31% en doce meses.
El contraste es todavía más evidente si se lo compara con el resto del AMBA: en las líneas nacionales el aumento interanual fue del 64,69%, mientras que en las líneas porteñas alcanzó el 67,99%. La jurisdicción que tuvo el mayor aumento tarifario fue, al mismo tiempo, la que perdió más pasajeros.
La relación entre tarifa y cantidad de pasajeros también fue destacada por medios nacionales como Infobae y Página/12, que puso el foco en el impacto que tienen sobre la demanda la quita de subsidios, los cambios en los beneficios por cantidad de viajes y la pérdida de poder adquisitivo.
No significa que todos los pasajeros hayan dejado directamente de utilizar el colectivo. También puede haber cambios de hábito: combinar más el colectivo con el tren, caminar algunas cuadras adicionales, compartir viajes, utilizar otros medios de transporte o, directamente, resignar desplazamientos que antes eran habituales.
Y allí aparece una señal especialmente importante para los municipios del Oeste: el transporte deja de ser solamente una cuestión de movilidad y pasa a ser también una variable del presupuesto familiar.

El dato que explica mucho: viajar en familia cuesta cada vez más
Un informe citado por Infobae y elaborado por el Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP) calculó que el gasto de un hogar promedio en transporte dentro del AMBA pasó de $69.783 en julio de 2025 a $121.031 un año después.
Es un salto del 73% en doce meses.
La cuenta permite entender mejor qué hay detrás de los millones de viajes perdidos.
Para una persona que utiliza el colectivo todos los días hábiles, la diferencia entre pagar alrededor de $490 y pagar más de $1.060 por tramo no es menor. Y cuando ese recorrido se multiplica por dos viajes diarios, cinco días por semana y varios integrantes de una familia, el impacto se vuelve significativo.
En los barrios del Oeste, donde una parte importante de la población necesita trasladarse diariamente hacia otros municipios o hacia la Ciudad de Buenos Aires, cada aumento tiene un efecto acumulativo.
No solamente viajan menos: también hay menos kilómetros
Otro dato del informe de AAETA ayuda a completar el panorama.
Mientras la cantidad de pasajeros cayó 19,1%, los kilómetros recorridos por los colectivos bajaron 8,9%. Las unidades pasaron de recorrer 28,6 millones de kilómetros en julio de 2025 a 26,1 millones en julio de este año.
En términos sencillos: hay menos gente viajando y también algo menos de servicio en la calle, aunque la reducción de los recorridos fue bastante menor que la caída de pasajeros.
Esto tiene una consecuencia lógica: los colectivos circulan, en promedio, con menos pasajeros.
Para el usuario, sin embargo, la combinación puede resultar incómoda: pagar más por un viaje que, dependiendo de la línea y el horario, puede implicar esperar más tiempo o encontrar modificaciones en las frecuencias.
Los fines de semana, la caída fue todavía mayor
La pérdida de pasajeros no se concentró solamente en los días laborales.
Durante los días hábiles, la cantidad promedio diaria de pasajeros cayó 17,3%. Los sábados la reducción llegó al 21,3%.
Pero el dato más llamativo aparece los domingos: el promedio pasó de 3,18 millones de pasajeros en julio de 2025 a poco más de 2 millones en julio de 2026. Una caída del 35,8%.
El número permite pensar en otro efecto menos visible de la crisis del transporte: cuando viajar se vuelve caro, no solamente se modifican los recorridos vinculados al trabajo.
También pueden reducirse las salidas familiares, las visitas, las compras, las actividades recreativas y otros desplazamientos que no son estrictamente indispensables.
En otras palabras, el precio del boleto puede terminar condicionando también la vida social y comercial de los barrios.
El problema continúa en agosto
La situación no quedó congelada en julio. De hecho, el escenario tarifario continuó modificándose durante agosto.
Desde el primer día de este mes volvieron a subir los boletos del transporte público en el AMBA. Para las líneas bonaerenses, el boleto mínimo con SUBE registrada pasó de $1.063,98 a $1.111,19, mientras que los recorridos más largos también tuvieron incrementos.
El problema es que estos aumentos se producen sobre una demanda que ya venía debilitándose.
Por eso, el dato de julio puede ser leído como algo más que una estadística: muestra el comportamiento de los usuarios frente a un sistema en el que las tarifas crecieron mucho más rápido que la cantidad de pasajeros dispuestos o en condiciones de pagar esos valores.

¿Qué significa esto para el Oeste?
En municipios como La Matanza, Morón, Ituzaingó, Merlo, Moreno, Tres de Febrero, Hurlingham, San Martín y otros distritos del corredor oeste, el colectivo tiene una característica que lo diferencia de otros medios: llega a lugares donde el tren no llega y permite conectar barrios con estaciones, centros urbanos, hospitales, escuelas y zonas industriales.
Por eso, una caída de pasajeros del 22,6% en las líneas bonaerenses no debería interpretarse simplemente como que “la gente viajó menos”.
Puede significar que una parte de los vecinos está reorganizando su vida alrededor del costo de trasladarse.
Y existe una segunda consecuencia posible: si la demanda continúa cayendo, las empresas pueden enfrentar mayores dificultades para sostener determinadas frecuencias, especialmente en recorridos y horarios de menor demanda. El círculo puede volverse complejo: boleto más caro, menos pasajeros, menor recaudación por volumen, presión sobre las frecuencias y, finalmente, un servicio menos atractivo para quienes todavía necesitan utilizarlo.
Un dato que resume el problema
Hay una manera sencilla de entender lo que ocurrió en el AMBA.
En julio de 2025, de cada 100 viajes que se realizaban en colectivo, este año quedaron aproximadamente 81.
Pero en las líneas bonaerenses la caída fue mayor: de cada 100 pasajeros que utilizaban el servicio en un día hábil, ahora quedan alrededor de 77.
Mientras tanto, el boleto mínimo provincial aumentó más del doble en términos interanuales.
Ese contraste explica por qué el transporte se convirtió en uno de los temas económicos más sensibles para los hogares del Conurbano.
El colectivo sigue siendo imprescindible. El problema es que para cada vez más familias llegar hasta el trabajo, estudiar o simplemente cruzar el Conurbano cuesta una porción cada vez mayor del ingreso mensual.
Y cuando el precio del viaje empieza a definir qué actividades se pueden hacer y cuáles no, la discusión deja de ser solamente sobre transporte.
Pasa a ser, directamente, una discusión sobre cómo se vive y cómo se trabaja en el Gran Buenos Aires.







