Trabajadores de una clínica de Hurlingham buscan convertirla en una cooperativa

El nosocomio Sagrado Corazón dejó de funcionar en mayo del año pasado. En noviembre, el dueño levantó un muro para impedir el paso.

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En noviembre de 2019, las y los trabajadores de la clínica Sagrado Corazón, de Hurlingham cobraron una porción mínima del salario. En noviembre de 2020, vieron cómo levantaban un muro en la entrada, para impedirles el paso. En el medio, una resistencia obrera marcada por la desidia patronal en un rubro que no suele contar este tipo de historias: la medicina.

Luego de meses de cobrar “monedas” como salario, las 120 personas que conforman el personal de la clínica comenzaron a reducir tareas, obligados por las necesidades a buscar otros ingresos, pero nunca abandonaron los puestos de trabajo. En mayo, la clínica perdió el contrato con PAMI y dejó de brindar servicios.

Gustavo Scardacione, técnico radiólogo y delegado gremial, contó a No Ficción que desde allí “lo único que cobramos fueron los ATP”. “La única motivación que teníamos era sostener los puestos de trabajo. Por eso, nos aguantamos tanto tiempo cobrando 2 mil o 3 mil pesos por mes”.

Solo quedó en funciones un laboratorio, que tuvo un fuerte trabajo con los análisis de muestras de Covid-19. Para esto, también debían concurrir a trabajar el personal de limpieza y seguridad, sin percibir salario alguno.

Como una paradoja sin gracia, el pico de la pandemia del coronavirus encontró a Hurlingham con pocas camas de internación y a una clínica de 100 camas completamente vacía, en desuso.

“En el municipio, hay muy pocas camas de internación. Están las del hospital y antes estaban las de otro sanatorio que ahora trabaja con internaciones externas. Es muy triste tener este Elefante Blanco acá, con la necesidad que tiene la sociedad, en medio de una crisis sanitaria como la que vivimos”, lamentó Scardacione.

La clínica cuenta con tres pisos de internación, una guardia con 10 camas, laboratorios, rayos, tomografías, cuidados especiales, dos quirófanos, equipos de oxígenos propios, entre otros elementos.

El gran bonete de los dueños

La clínica pertenece mayoritariamente al Dr. Ricardo Merech. Desde 2015, fue gerenciada por un grupo cuya cara visible es Mercedes Martínez. Desde que tomó el mando la nueva gestión, el estado de la clínica fue de mal en peor. De hecho, desde 2016 los empleados no cuentan con ART. El gerenciamiento fue, además, de palabra ya que nunca se cambió la razón social.

El 7 de noviembre del año pasado, fue el punto de inflexión. Un muro se levantó en la entrada. “Quiero sacar a Martínez”, explicó Germán Merech, hijo de Ricardo, a los trabajadores. “¿Y nosotros? ¿Y la deuda que tenés con nosotros?”, fue la réplica de Scardacione, al otro lado del teléfono. “No, ya está. La clínica no va más y yo a ustedes no les debo nada”.

La sentencia de Merech hijo no sorprendió, pero sí obligó a medidas concretas. Así lo entendieron los trabajadores. “Tiramos la pared abajo y nos metimos en la clínica”, recordó Scardacione.

A partir de ese momento, las y los trabajadores se encuentran en resguardo de las herramientas y de la fuente de trabajo. Por estos días, se hay gestiones con la dirección de Empresas Recuperadas, dependiente del ministerio de Desarrollo Social, con el fin de transformar el Elefante Blanco en una cooperativa.

No son muchas las experiencias de empresas recuperadas en el sector. Los trabajadores lo entienden, pero aceptan el desafío. “Creemos que lo vamos a lograr. Es difícil, pero estamos bien asesorados, tenemos ganas de trabajar y tenemos la capacidad para hacerlo. Somos profesionales que hace mucho estamos en esto. Sabemos que es difícil, pero lo vamos a lograr”, concluyó Scardacione.

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