“Mi mamá adoptiva era peluquera y Ethel Grosso era su clienta. Yo ya tenía cuatro hermanos de parte de mi mamá pero mi papá quería un varón. Siempre quiso un varón. Entonces, entre charla y charla, Ethel Grosso le cuenta que yo iba a nacer en enero y que me podía conseguir. Al final me adelanté un poco. Nací a principios de diciembre. Ahí empezó todo”.
Era 1985. Ana María Moreno atendía como cualquier día en la peluquería “Coty de Moreno”, en el barrio Marina de Villa Luzuriaga, al oeste del Gran Buenos Aires. Para ese entonces, Ana María ya tenía un hijo y una hija de matrimonios anteriores, y estaba casada con Víctor Osvaldo Pérez, con quien tenía dos hijas en común. Sin embargo, todavía les faltaba el varón.
Juan Manuel Pérez está por cumplir 40 años, tiene 2 hijos y vive en Villa Luzuriaga. Desde hace siete busca su verdadera identidad. Habla tranquilo. Como ordenando cada pieza de un rompecabezas recién abierto. “Yo me entero de mi adopción con mis padres ya fallecidos”. Juan Manuel nunca tuvo sospechas sobre su origen. O eso es lo que cree. Sus hermanos siempre le recuerdan que él no quería saber nada del tema. Es decir, que en algún momento la idea de no ser hijo biológico rondó. Recién de grande, en una cena, se animó a plantear la duda. “Hablé con mis hermanos y confirmé que soy adoptado”. Lo que viene después son relatos fragmentados pero con un hilo conductor: Una partera, Mabel Ethel Grosso; y una casona en el partido de San Isidro, donde se hacían abortos clandestinos y se traficaban bebés.
“Te digo algo simple. Yo festejo mi cumpleaños el 14 de diciembre pero no es mi verdadera fecha. ¿Cuándo sería mi cumpleaños real? Hoy lo que me tira es mi hija de 16 años que quiere conocer a sus abuelos. Gracias a ella hoy le pongo todas las pilas a esto”. La historia de Juan Manuel tiene muchas grietas y necesita saber qué pasó. “Sin rencores ni nada”, dice. Él no reniega de su pasado. Siempre se sintió uno más entre sus hermanos y parte de su familia. “Hay algo que siempre digo. Mi apellido es Pérez y voy a morir Pérez. Mi papá era genial. Él me dio la pasión por los autos. Y mi mamá hoy no está pero siempre va a ser mi mamá. Ella me dio todo. Hoy soy lo que soy gracias a ella”.
La partida de Juan Manuel dice que nació el 14 de diciembre en la clínica Cruz Celeste de San Justo. Ese documento no está firmado por Grosso sino por otra partera. “Yo fui a hablar con ella y me contó que hizo los papeles por un acto de amor, como para hacerle un favor a mi mamá con el tema de papeles”.
Un día, de casualidad, se encontró con un amigo de sus padres. Este hombre le aportó un dato clave en su búsqueda: el lugar donde nació. El día que Juan Manuel llegó a este mundo, su padre y este amigo lo fueron a buscar hasta San Isidro, a una casona vieja. Allí funcionaba una clínica clandestina donde se hacían abortos y se traficaban bebés. También, supo que por su entrega hubo una transacción económica. Le cuesta decir “venta” así que, tal vez para calmar esa idea, dice que “de mínima” sus padres adoptivos cubrieron los gastos del parto. Con ellos nunca llegó a hablar. Su padre falleció cuando él tenía 12 años y su madre hace trece.
De Mabel Ethel Grosso sabe que ya murió, que estuvo presa por una causa de abortos clandestinos, que vivía en Ramos Mejía, que trabajaba en el Policlínico de San Justo y en el Hospital Posadas y que tenía dos hijos también adoptados en condiciones irregulares. Incluso que el nombre de Ethel aparece en otras historias similares a la suya. Por ello, Juan Manuel integra hoy la Red de Víctimas de Parteras, una organización que nuclea a más de 140 personas nacidas entre 1959 y 1987. A estas personas las une el no conocer sus orígenes biológicos y el nombre de 15 parteras y dos médicos que operaban en una red de comercialización de bebés.
En Argentina entre 1 millón y medio y 3 millones de personas buscan su verdadera identidad biológica. Las cifras varían porque no hay datos oficiales y, en muchos casos, quedan en secretos familiares. Además, son historias como las de Juan Manuel. Como no se trata de apropiaciones de niños durante la dictadura cívico militar la búsqueda se hace aún más difícil. No hay datos precisos ni políticas estatales que acompañan la restitución de estas identidades. Son casos de venta de bebés, entregados a otras familias con mejor pasar económico o madres a quienes les han dicho que sus hijos habían muerto al nacer. En general, en las partidas aparecen los nombres de sus padres adoptivos.
Además de Mabel Ethel Grosso, en la partida de nacimiento de quienes buscan su verdadera identidad figuran los nombres de Marta Beatriz Antonia Rosignoli, Ernesta Ferrari, Nelly Picardo, Francisca Ofelia Pintos Lemos, Gregoria Agra de Pasini, Delia Esther Picardo, Maria Elena U. de Spinelli, «de Gómez», Nélida Benítez, Aidé Braun, Rosa Martínez Sa de Poggi, Catalina Olijaveska y Emilia Torres de Ugalde. También de los médicos Aníbal R. Grippo, José Usach, Horacio Pessino y Adolfo Walter Bodas.






