Todo empieza mucho antes que el conflicto mediático. Como siempre, en este tipo de conflictos, en los cuales el peronismo disputa poder y conducción, la maroma tiene orígenes remotos. Dentro del peronismo se sabía, luego de la primera vuelta presidencial, que el balotaje era una parada muy difícil, casi imposible. Pero había que salvar las ropas. Algunas, las que se puedan.
El Kirchnerismo Creyente, conducido por La Cámpora, diezmada, vacía de poder y de legitimidad interna y externa, empieza a contar los porotos electorales: concejales, intendentes, diputados provinciales, nacionales, etcétera, etcétera, etcétera. El balance no fue bueno, casi penoso. Entonces había que exagerar posiciones tácticas, pero sobre todo estratégicas para lo que veían venir: la Era Milei.
Comer con voracidad a los enemigos, como el pacman. Así lo organizó Máximo Kirchner el verano pasado. “Ven fantasmas que no existen”, revela resignado un armador del conurbano bonaerense. De esos personajes de la capa subcutánea de la política que hablan con todos, que no tienen jefe. Los que riegan la plantita todos los días. De esos armadores que ya no quedan. No usa mensajes de texto. Todavía toma café.
El primer dardo, a vistas del kirchnerismo, lo lanza Kicillof el 5 de septiembre de 2023 en pleno clima electoral: “Hay que componer una nueva canción, no una que sepamos todos”. La desconfianza ya era un hecho. La mala relación tuvo sus más y sus menos, pero ya no había vuelta atrás. El próximo conflicto fue el armado del gabinete provincial. Hubo firmeza de Kicillof y sorpresa en La Cámpora.
Con la diáspora peronista/kirchnerista/cristinista tras la elección de Javier Milei y la escasa reacción opositora, Kicillof prefirió refugiarse en la gestión, en el reconocimiento de los intendentes y en fortalecer una identidad propia que le permita hablar por sí mismo y ya no como un delegado de categoría. Claro, es por segunda vez consecutiva el gobernador de la provincia de Buenos Aires. Y lleva sobre su saco una cucarda que pocos pueden colgarse: ninguna causa de corrupción.

“La foto de Moreno”, como dicen por ahí, habla por sí sola. Puso sobre la mesa el conflicto y, sobre todo, la incapacidad de resolución política que tiene el kirchnerismo. Los preparativos llevaron semanas. Lo que más costaba era “mostrar” unidad. Acercar a Kicillof, convencer a Cristina. Pero lo importante era exponer al gobernador bonaerense. “Que se haya sentado habla bien de él, aunque era evidente el destrato”, relata una de las presentes en el Parque Municipal Los Robles, en donde se realizó la puesta en escena.
Por lo pronto, se espera que el verano haga lo suyo: promover el diálogo abierto, sondear el público y fantasear con el tetris electoral. Los operadores de uno y otro lado, a excepción del oficialismo, pretenden la mayor cantidad de actores compitiendo. Estiman en el PRO y en el kirchnerismo que ésa sería la única forma de frenar el avance de la Libertad Avanza, que tiene todo por ganar porque revalida las elecciones de 2021.
Así las cosas, en paralelo, hay un análisis minucioso en términos políticos e ideológicos para desdoblar las elecciones provinciales y porteñas de las nacionales. No importa el malestar que provocaría entrar tantas veces a un cuarto oscuro. Lo que realmente importa es cuidar lo poco que cada uno tiene.
















