Analía Fangano pasaba en auto por la calle una mañana cualquiera cuando vio algo envuelto en la basura. A pesar de los insultos de otros automovilistas frenó de golpe, pensando que era un bebé. Estuvo a punto de llamar al 911. Cuando se acercó, descubrió que no se movía. Y cuando se acercó más, vio que era una Virgen del Carmen rota. Le faltaba el Niño Jesús, las manos, pero conservaba los escapularios. Estaba mutilada, pero con cierto respeto. «Algo así», lo define ella.
Fangano vive en Ituzaingó y es abogada penalista desde hace tres décadas. Defendió a los músicos de Callejeros, al ex presidente de la DAIA Ariel Cohen Sabban y a familiares de Lázaro Báez, entro otros casos resonantes. Acaba de publicar su primera novela de microficciones, El vuelo de la Polilla, con prólogo del escritor y periodista Rodolfo Palacios. Pero esa mañana, en la calle, con la Virgen del Carmen entre las bolsas de residuos, empezó algo distinto.

Buscó quién la restaure. Luego supo que era la Virgen del Carmen, la imagen que San Martín nombró oficialmente como Generala y que las comunidades andinas la adoptaron con fervor idéntico por ser la protectora de los caminos de montaña. No lo dudó. La cargó en el asiento del acompañante y emprendió viaje hacia San Juan, pasando por infinidad de pueblos. Allí, una mujer de una congregación se la quedó para restaurarla. Pasó más de un año. Hubo reclamos, intermediarios. Y cuando se la devolvieron, estaba casi igual: sin el niño, sin las manos, pero con una nota que decía que debía 300.000 pesos por la restauración.
«Obvio que todos lo harían mejor, pero nadie lo hace. Y el que lo podría hacer, pretende cobrar», resume la abogada quien además, en cada oportunidad que puede, disfruta de remar, una de sus grandes pasiones.

A partir de ahí, Fangano no paró más. Cada vez que pasa por una esquina, un monolito o una iglesia, pregunta si puede restaurar algo. Prioriza los lugares que están más alejados o inaccesibles: las iglesias del Delta, las que están en salitas de penales, en primeros auxilios o en comisarías. Hace poco llevó varias por el río en bote hasta la Capilla Nuestra Señora de Luján, sobre el Arroyo Espera, en la intersección con el arroyo Gelvez, en la Primera Sección de Islas del Delta de Tigre.
«Varias veces se acerca la gente de la misma isla y me piden sostener las vírgenes con las manos un ratito», cuenta. También restauró la Virgen de Lourdes de San Antonio de Padua, Merlo. Los policías son los que más le piden que les haga una Virgen de Luján o les arregle la que tienen. Y los presos hacen lo mismo: se las pasan por los familiares y ella se las devuelve restauradas.

No es católica. Tomó la comunión de chica porque la llevaron. Jamás confirmó su fe. Pero lo que observa en la calle la conmueve: «La gente común pasa por una imagen y se persigna, se emociona, deja una flor, enciende una vela, se detiene a mirar, roza con la mano la cara, los piecitos, la cara de los angelitos y así».
«Hago lo que puedo respetando los colores y formas. Es una cuestión de respeto al que cree. La gente hace sacrificio en llegar a la parroquia o a donde sea y está todo cascado, sin color, desvencijado, sucio». Y pone el dedo en la llaga contra quienes, según ella, deberían ocuparse de eso: «Los que viven de administrar religión o interpretar la Biblia, deberían tener más vocación de servicio. Además de pasar el sobre de Cáritas o la bolsa limosnera, ¡hacer!«.

El trabajo en las cárceles es otro de sus territorios. Ahí es donde sus dos mundos —el derecho y la fe— se encuentran. «En las cárceles no entran los curas. Solo van a sacarse fotos besando los pies de algunos reclusos una vez al año. Los capellanes son muy pocos ya», dice.
Para Fangano, la fe no es discutible ni opinable. Es algo personal de cada uno. «La gente no quiere ir a misa ni a oír a un cura. Quiere contemplar, pedir, rezar o agradecer a lo que cree: la Virgen, el Sagrado Corazón, el Niño de Colombia, la Altagracia, Guadalupe. Sin días y horarios. Eso es el rosario, por ejemplo. Cada uno reza cuando quiere, como quiere y dónde quiere».

Y ahí, en ese diálogo directo entre la gente y lo sagrado, están los santuarios de la calle. Fangano recuerda el caso de la réplica de La Piedad que mandó Juan Pablo II por Cromañón, a través de Bergoglio. Estaba en la calle, en Mitre, en Once. Era un santuario. «Se les ocurrió llevarla a la Catedral. Hubo que pelear para que la entronicen. Estaba en el ala derecha, donde todos la podían ver. Y un buen día nadie más accedió. Solo el 30 de diciembre la colocan frente al altar».
«Todos los 30 de diciembre se hace una misa. Los familiares encienden las 194 velas y las acercan al altar. A nadie le importa quién da la misa. Es un momento de unión entre los familiares, amigos e hijos fallecidos. Ahora, ¿cuál es el criterio para que nadie acceda a La Piedad? Bueno… los que se autoperciben dueños de la iglesia. Como las santurronas de la eucaristía que no dejan a las chicas ingresar en minifalda. Por algo están cerradas las iglesias. No va nadie. Los bancos vacíos. Ni siquiera agua bendita. Es lo que veo».
El otro día, una señor del Delta, compungido, sostuvo con sus manos el Sagrado Corazón de Jesús y le contó que su papá había muerto de una enfermedad cardíaca. «Y así hay muchas historias. Lo bueno es que es entre la gente y la fe, sin intermediarios».






